"Lo que del corazón sale, al corazón llega"


DIOS ES MAS FUERTE

miércoles, 12 de junio de 2013

No tenga miedo torero

Hoy cumpliría 69 años mi viejo, esta es la forma que elegí para recordarlo:





Torero, lo que se dice torero de elegancia, prestancia y arrogancia, no era. Manuel Benítez “El Cordobés” fue criticado duramente por los expertos en el arte taurino, amantes de los pases clásicos, los movimientos armoniosos. Lo trataban de payaso y no les faltaba razón. El Córdobés te hacía el salto de la rana, la monta del toro, el combate del boxeo, los cabezazos hombre-bestia, entre otras extravagancias que más aprenderlas las había inventado para salir del paso. Porque El Cordobés aprendió a torear toreando. Y cuando se lanzó a la arena, se lanzó hambriento pero de hambre real porque su vida era pasarla sin comer bocado día tras día. Un agente lo vio, le notó la pasta, lo adoptó y lo creó tal como lo conoció el gran público. Creó todo lo que luego fue Manuel Benítez, El Cordobés: el huérfano analfabeto pobre de máxima pobreza, el muchacho con un cuerpazo y un rostro sensuales por donde se los mirase, el sobreviviente que triunfaba en España. Para los españoles era prueba suficiente de que había esperanza, de que se podía salir adelante desde la nada misma.
Porque era un rebelde no llevaba el cabello a lo militar y más de una vez le gritaron “¡Córtate el pelo!”. Porque se dejaba la barba lo despreciaban los del buen ver. Pero porque era buen mozo la platea femenina no sólo suspiraba por él sino que por primera vez en la historia taurina las mujeres iban por cientos a verlo torear y en las boleterías se colgaban carteles de “Localidades agotadas”. Porque sabía que no podía descuidar ese mercado, El Cordobés salía nota tras nota en reportajes de revistas diciendo que estaba solo. Y cuando aparecían modelos, actrices, aspirantes, declarando que estaban en una relación con él, el torero simplemente decía que no era nada serio, que no tenía interés en casarse. Se le adjudicaron romances con Marlene Dietrich, Geraldine Chaplin, Romy Schneider pero estaba claro que él tenía que ser, el mayor tiempo posible, el novio de todas. Tal vez fue por eso que mantuvo en secreto durante seis años a la que luego fue su esposa, Martina Fraisse, una francesa tan inquietante que la llamaban “Pantera”.
Hombres, mujeres, todas las clases sociales lo adoraban. No había vez que toreara El Cordobés en que la plaza no estuviese colmada y aun así, había más gente afuera que adentro: multitudes esperaban que el torero saliera al terminar la faena para vivarlo, para quererlo. Los taurinos ortodoxos lo defenestraban, decían que toreaba para los que nada saben de toros, que era el entretenimiento de los ignorantes. Cierto o no, la verdad es que las plazas se llenaron mientras toreó Manuel Benítez, no se llenaron ni antes, ni después. Las revistas lo adoraban, la televisión vivía por él y lo seguía a todas horas. Las transmisiones de sus corridas interrumpían toda vida en el país: se paraba el tráfico, se detenían el comercio, dejaban de sonar los teléfonos, nadie andaba por las calles, las ciudades se paralizaban completamente.
No hay coincidencia a la hora de juzgar su arte pero sí la hay a la hora de definirlo como “el primer mediático de España”. Su cachet se había elevado a la cifra sideral de un millón de pesetas por fecha. Un kilo de pesetas, como decía El Cordobés, que era tan estricto con el cobro de su contrato que supo afirmar sin temblor: “Si no llega el kilo, no toreo”. Alguna vez explicó que cuando estaba frente al toro, saber que lo esperaba un millón de pesetas contantes y sonantes le quitaba el miedo, que si en lugar de billetes tenía que imaginarse un cheque por un millón, el miedo no se le quitaría. Está claro que para un alfabeto un billete es un billete y un cheque, un papel que no se entiende qué es.
Con este universo a cuestas Manuel Benítez El Cordobés salía a la arena a hacer bufonadas, según unos, a hacer genialidades, según otros. Para unos era un tremendista, un exagerado, para otros un talento original dueño de una muñeca sin par. Para quienes lo admiraban era vibrante, para sus detractores, un improvisado. “Está más tiempo por los aires que por la tierra. Y es un pésimo matador” decían con toda razón sus críticos. “Ese momento es cuando más sufrimos”, aseguraban sus seguidores. Para sus rivales era un farsante y tan seguros estaban de eso que una tarde en que toreaba El Cordobés, Miguel  Mateo Salcedo “Miguelín” bajó hasta la arena en traje de calle y se puso a jugar con el toro para demostrar que el espectáculo era eso: espectáculo, y que todo estaba amañado. Pero, ¿los atropellos, las cornadas, las heridas al borde de la muerte, habían sido eso, sólo espectáculo? Definitivamente no.
Manuel Benítez era distinto a todos sus colegas pero no sólo por su estilo o su falta de él, era distinto porque nadie tuvo su grado de coraje. El Cordobés compensaba sus carencias con excesos de valentía. El torero al que lo esperaba un millón de pesetas al final de faena, lidiaba con el toro de una manera casi insoportable para el público que se quedaba sin aliento, con la tripa fruncida por la expectativa y el terror. El Cordobés provocaba al toro y luego se quedaba allí, parado, inmóvil, mirándolo a los ojos como hipnotizándolo. Un instante, dos, tres… No se movía, no temblaba no reculaba no se arrepentía. Tampoco el toro. El público se fascinaba con la posibilidad de la muerte aquí y ahora.
¿De dónde salía ese coraje? ¿De la superstición? ¿De la fe? Dicen que en 1967 El Cordobés soñó que un toro lo arrollaba y en ese sueño una voz le recordaba: “Los toros matan”. Se despertó decidido a dejar los toros. No pudo contra los empresarios y los cien compromisos contractuales que esa decisión pretendía tirar por la borda, pero lo intentó, lo intentó con mucha fuerza aunque tuvo que recapacitar. Manuel Benítez no salía al ruedo sin las medallas de la Vírgen de Guadalupe y de la Vírgen de la Macarena colgadas del cuello. En la misma cadena llevaba un trocito de hueso de su propio brazo derecho, víctima de más de atropello taurino y de más de una operación.
Ese año de 1967 Sucesos Argentinos asigna al Mono Flores para un trabajo conjunto con la televisión española: debía seguir durante diez días a Manuel Benítez. Como muchos camarógrafos –operadores, al decir de Sucesos Argentinos- por aquel entonces, viajaba sin periodista. El Mono debía gestionar, grabar, organizar el material documental y ser durante diez días la sombra sin tregua de El Cordobés. Filmó a las muchedumbres, a las fanáticas aguardando en los hoteles, a los políticos, a los obsecuentes, a los empresarios, atiborrando los camarines del torero antes de salir a la plaza. Vio todo lo que podía imaginarse como el detrás de escena que acompañaba a El Cordobés: asedio, vorágine. Pero el Mono vio también lo que pocos habían visto. Vio que el torero llevaba siempre un jamón crudo en cima “por si me da hambre”. Escuchó del torero una suerte de cábala que incluía “el salero del duende de los gitanos”. Y finalmente, vio que el torero se las apañaba para, antes de la corrida, cumplir un ritual de fe. Este era el secreto de su coraje infinito.
Manuel Benítez, El Cordobés, prendía una vela por cada una de sus vírgenes idolatradas, salía a la sangre y a la arena y las apagaba al regresar. Este era el gran secreto y el Mono Flores se encontraba con este hallazgo y a la vez con la prohibición de capturarlo. El torero no quería ser filmado durante su ritual por temor a que la tecnología rompiera el conjuro.  El Mono Flores lo pensó una y otra vez hasta que tuvo una idea fruto de sus conocimientos de iluminación: una tarde le mostró a El Cordobés un efecto de cámara: el filtro Star. Al verlo, el torero no daba crédito a sus ojos: el fuego de las velas se prolongaba en rayos de luz, se multiplicaba, invadía la escena con magia pura. Se vio como en un estado de encantamiento y se dijo que nada que se viera así de bello podía ser malo. Dio su permiso.
Así España y el mundo pudo conocer el secreto de El Cordobés.


A pesar de la frialdad de este relato, no puedo dejar de soltar lagrimas al terminar de leerlo, a pesar de haberlo escuchado con tus palabras, a pesar de haber visto el efecto que año tras año, tras contar esta historia les enseñabas a tus alumnos, y que más de un suspiro cosechaba al verlo plasmado en los monitores de la facultad.

¿Qué te puedo decir que ya no sepas, viejo? El tiempo pasa, pero la ausencia queda. Pasa el tiempo, seguimos con nuestras vidas, pero cada logro, y cada frustración desearíamos que estuvieras a nuestro lado para contártelas, para escuchar tu consejo, o para brindar con vos.  Yo te siento cerca viejo, hasta a veces te guiño un ojo cómplice sabiendo que me ves. Pero otras me encuentro con tu ausencia, y la veo a la vieja sola, que aún siente el dolor de tu partida, los veo a los melli crecer, superarse y sé que a ellos les hubiese gustado tenerte cerca para que los veas crecer. Los veo a tus nietos, a Gustavo, a todos, y me veo a mi. Con tus fotos que me acompañan, con tu guía que siempre está presente, y recordando siempre seguir el rumbo del camino que me enseñanste, no solo con tus palabras, sobre todo con tu acción.

No quiero entristecerte viejo, me salieron las palabras, solo sé que esta noche, como cada aniversario de tu nacimiento brindare con vos, levantaré mi copa a tu memoria, recordare tu paso por la tierra, y le daré gracias a tu alma por todo lo que me dio en su última encarnación, y acompañare a la vieja cada vez que la vea triste, y apoyaré a mis hermanos como nos apoyabas vos. Y seguiré viviendo, recorriendo mi camino, sabiendo que en parte significa continuar el tuyo, llevando honradamente la herencia que me dejaste de apellido.

El tiempo pasa, viejo, pero el recuerdo queda, y vivirás siempre mientras viva en nosotros tu presencia, vivirás siempre mientras la energía que fuiste vuele en el aire, mientras tu alma descanse en paz, o decida reencarnar para volver a nacer y desplegar tu arte, tus conocimientos y tus aprendizajes de otras vidas, y quizás ahí también este yo, que intente ayudarte a crecer, a comprender el mundo sutil de las energías que nos gobiernan, y que  como puede, intente trasladarte los conocimientos que conseguí en esta y en mis otras vidas.

No mas palabras, viejo, nosotros no las necesitamos, ahora habitamos mas allá de las palabras, ahí, donde solo el sentimiento es morada, donde el amor es el hogar, donde nos encontramos cada vez que necesito encontrarte, o fijando mi atención en tu mirada, esa mirada, que me trae al presente tu presencia, al presente de la eternidad donde ahora estas.

Te quiero mucho viejo, y con esta, con una de las tuyas viejo, recuerdo hoy tu paso por la tierra, y te digo, como te lo diría si estuvieses aquí, a mi lado, feliz cumple viejo.

Feliz cumple, donde quiera que estés.


Ale





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Ale Flores

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